Cuando entré en la menopausia, hace aproximadamente dos años, muchas personas me preguntaban:
“¿Y qué tal? ¿Has notado cambios?” “Oye, te veo súper bien…”
Y la verdad es que mi respuesta era bastante sincera: no.
De hecho, sentía —y sigo sintiendo— que cada día estoy más fuerte.
Quizás porque llevaba años cuidándome, escuchando mi cuerpo, moviéndome, intentando mantener equilibrio entre trabajo, descanso, alimentación y bienestar. O quizás porque entendí hace tiempo que cada etapa de la vida merece ser vivida desde la observación y no desde el miedo.
Pero hubo algo que sí cambió.
Empecé a notar unos pequeños granitos cerca de la oreja. Nada especialmente llamativo, pero sí diferente a lo habitual en mí.
Y ahí apareció una pregunta que siempre me acompaña cuando algo cambia:
¿Qué me está queriendo decir mi cuerpo?
Como investigadora nata que soy, empecé a leer, buscar, preguntar y entender más sobre los cambios que también ocurren en la piel durante esta etapa.
Y fue así como llegué a la cosmética natural.
No porque estuviera buscando una solución milagrosa. Tampoco porque piense que todo lo convencional sea malo. Pero sí porque sentía que quería empezar a elegir de forma más consciente qué ponía sobre mi piel.
Durante años había probado distintos productos y sentía que necesitaba simplificar y conectar más con ingredientes que entendiera, fórmulas más respetuosas y una rutina menos basada en acumular y más en acompañar.
Descubrí que cuidar la piel también puede ser una forma de escuchar al cuerpo.
Que no siempre se trata de luchar contra el paso del tiempo, sino de entender que el cuerpo cambia… y nosotros también podemos cambiar con él.
La menopausia no tuvo para mí los cambios físicos más comunes de los que tantas veces escuchamos hablar.
Pero sí me regaló una invitación inesperada: volver a mirar mi piel con curiosidad.
Y a recordar algo que cada vez tengo más claro:
Bienestar no es detener el tiempo.Es acompañarnos mejor en cada etapa.
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